Yoinfluyo | 4 de Junio, 2026
Los excluidos del TLCAN
Por Luz Tlāltikpakayotl
El TLCAN tiene dos relatos fáciles. Uno dice que fue el gran éxito económico de México: exportaciones, fábricas, inversión, autos, autopartes, empleos y una integración que volvió al país indispensable para América del Norte. El otro dice que fue una entrega: salarios bajos, campo golpeado, dependencia de Estados Unidos y regiones abandonadas.
Los dos relatos tienen algo de verdad. Y por eso los dos son insuficientes. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte sí transformó a México. Sería absurdo negarlo. Antes del TLCAN, el país era una economía mucho más cerrada, con menor inserción manufacturera global y con una relación comercial menos compleja con Estados Unidos y Canadá. Después del tratado, México se volvió parte de una fábrica continental: produce, ensambla, exporta, importa insumos, integra cadenas y compite en sectores que antes parecían lejanos.
Pero el éxito no llegó parejo. No llegó igual a Monterrey que a Oaxaca. No llegó igual a Querétaro que a Chiapas. No llegó igual a una armadora automotriz con abogados, certificaciones y acceso a financiamiento que a una pequeña empresa familiar que nunca logró venderle a una gran cadena exportadora.
Ese es el corazón de este cuarto artículo: el TLCAN no fue ni un fracaso total ni un éxito total. Fue una transformación real con beneficios mal distribuidos. Una parte de México se subió a la plataforma de Norteamérica. Otra parte se quedó mirando cómo pasaba el tren.
La pregunta seria no es si el TLCAN sirvió. Sirvió. La pregunta es: ¿para quién sirvió más y quién quedó esperando?
El México que sí ganó
Los grandes ganadores del TLCAN fueron los territorios y sectores que ya tenían, o lograron construir rápido, las condiciones necesarias para integrarse a cadenas productivas internacionales.
El norte del país fue el caso más visible. Baja California, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas se beneficiaron de la cercanía con Estados Unidos, de una tradición maquiladora previa, de cruces fronterizos, de infraestructura logística y de una cultura industrial orientada a exportar. La frontera dejó de ser únicamente línea divisoria y se convirtió en plataforma productiva.
También ganó una parte importante del centro y del Bajío. Querétaro, Guanajuato, San Luis Potosí, Aguascalientes, Jalisco y Puebla se volvieron piezas claves de la manufactura exportadora. La industria automotriz y de autopartes, la aeroespacial, la electrónica, los electrodomésticos y ciertos segmentos de equipo médico encontraron ahí condiciones más favorables: conectividad, parques industriales, universidades, técnicos, proveedores y gobiernos locales más enfocados en atraer inversión.
La historia de estas regiones no debe despreciarse. Detrás de cada planta hay empleos, aprendizaje, formación técnica, movilidad para algunas familias y una cultura industrial que no existía con la misma profundidad hace cuatro décadas. Muchos jóvenes que antes solo veían dos opciones —migrar o quedarse en economías locales limitadas— encontraron una tercera: trabajar en manufactura formal, estudiar una ingeniería, aprender procesos, certificarse, crecer.
El TLCAN abrió puertas reales. Pero una puerta abierta no significa que todos puedan cruzarla.
El norte y el centro frente al sur
El contraste territorial es una de las mayores deudas de la apertura comercial. El TLCAN consolidó una geografía económica muy desigual. Norte y centro avanzaron más. El sur quedó mucho más lejos.
No fue casualidad. Las cadenas exportadoras se instalan donde hay carreteras, electricidad confiable, seguridad, parques industriales, proveedores, aduanas, puertos, ferrocarril, técnicos, universidades y gobiernos capaces de acompañar proyectos de largo plazo. Muchas regiones del sur no contaban con esa base. Y cuando una región llega tarde a la infraestructura, llega tarde a la inversión.
La desigualdad territorial no empezó con el TLCAN. México ya era un país profundamente desigual antes de 1994. Pero el tratado aceleró el crecimiento de las regiones mejor conectadas y dejó más expuesto el rezago de las demás.
Ahí está el punto que suele faltar en el debate público: el libre comercio no inventó todas las brechas, pero sí premió con más fuerza a quienes estaban listos y castigó con indiferencia a quienes no lo estaban.
En el sur, millones de personas siguieron dependiendo de economías de baja productividad, agricultura vulnerable, informalidad, migración, programas públicos y empleos con poca conexión a cadenas globales. Mientras el norte hablaba de exportaciones y parques industriales, muchas comunidades del sur seguían hablando de caminos, agua, escuelas, seguridad, salud y falta de oportunidades básicas.
El éxito nacional, entonces, se volvió una estadística incómoda. México podía presumir cifras exportadoras impresionantes mientras una parte de su territorio seguía sin sentir ese dinamismo.
Un país no puede conformarse con tener islas de modernidad rodeadas de rezago. Eso no es desarrollo pleno. Es avance parcial.
Trabajadores: el empleo llegó, pero no siempre el salario prometido
El TLCAN generó empleo manufacturero y ayudó a formalizar ciertas zonas industriales. Pero el vínculo entre exportar más y vivir mejor no fue automático.
En teoría, una economía más productiva y más integrada debería elevar salarios. En la práctica, los beneficios salariales fueron desiguales. Los trabajadores con más educación, ubicados en regiones cercanas a Estados Unidos y vinculados a industrias exportadoras, tuvieron mejores posibilidades. Los trabajadores menos calificados, especialmente en el sur, vieron menos beneficios.
Esto revela una verdad dura: el comercio premia capacidades. Si una persona tiene formación técnica, vive cerca de corredores industriales y puede integrarse a una empresa exportadora, el tratado puede abrirle oportunidades. Si vive lejos, tiene baja escolaridad, trabaja en informalidad o pertenece a una región sin infraestructura, el tratado puede pasar de largo.
El testimonio de trabajadoras de maquiladoras en Ciudad Juárez ayuda a poner rostro a este dilema. Organizaciones laborales y reportajes han documentado que muchas mujeres encontraron empleo estable en plantas exportadoras, pero también enfrentaron salarios bajos, ritmos intensos, obstáculos para organizarse y condiciones difíciles. Una trabajadora citada por organizaciones de defensa laboral resumía el problema sin tecnicismos: tener trabajo no siempre significa poder vivir con tranquilidad.
Esa frase debería incomodar más que cualquier gráfica. Porque el empleo importa. Claro que importa. Pero el trabajo no puede reducirse a una cifra de ocupación. Tiene que permitir sostener una familia, descansar, aprender, participar en la comunidad y mirar el futuro sin angustia permanente. La fábrica continental no puede construirse sobre personas agotadas.
Grandes exportadoras frente a pequeñas empresas
El segundo gran contraste está entre las grandes empresas exportadoras y las pequeñas empresas mexicanas. Las grandes exportadoras tuvieron condiciones para aprovechar el TLCAN. Contaban con capital, asesoría legal, certificaciones, acceso bancario, capacidad de cumplir reglas de origen, tecnología, logística y relaciones con compradores internacionales. Muchas eran filiales de multinacionales o proveedoras de grandes cadenas. Para ellas, el tratado fue una autopista.
Para miles de micro, pequeñas y medianas empresas, en cambio, el TLCAN fue más parecido a una carretera que veían desde lejos. Sabían que existía, pero no tenían cómo entrar.
Una pyme mexicana que quisiera venderle a una armadora o a una empresa exportadora necesitaba cumplir estándares de calidad, tiempos de entrega, volúmenes, trazabilidad, facturación, financiamiento, inglés técnico, certificaciones ambientales y laborales, digitalización y capacidad de respuesta. No basta con tener ganas. La integración exige músculo.
Y muchas empresas pequeñas no lo tenían. Ese es uno de los mayores fracasos de acompañamiento del modelo. México logró atraer grandes inversiones, pero no construyó con la misma fuerza una red amplia de proveedores nacionales. Se instalaron plantas, pero no siempre se desarrollaron suficientes empresas mexicanas alrededor de ellas. Se exportó más, pero no necesariamente se elevó en la misma proporción el valor agregado nacional. La consecuencia fue una economía exportadora brillante en la vitrina y fragmentada en el sótano.
La pyme que quedó afuera
Pensemos en una pequeña empresa metalmecánica de León, de San Luis Potosí o de Puebla. Tiene veinte trabajadores, sabe fabricar piezas, conoce su oficio y quiere venderle a una empresa grande. Pero cuando toca la puerta se topa con requisitos: certificación internacional, pruebas de calidad, financiamiento para producir antes de cobrar, capacidad de entregar justo a tiempo, software de trazabilidad, cumplimiento laboral documentado, auditorías, seguros, contratos en inglés.
El dueño no es incapaz. No es flojo. No es informal por vocación. Simplemente está solo frente a una escalera demasiado alta.
Ese es el tipo de empresa que debió estar en el centro de una política industrial posterior al TLCAN. Porque ahí está la diferencia entre ser país ensamblador y ser país proveedor. Entre atraer inversión y construir desarrollo. Entre tener plantas extranjeras y tener tejido empresarial nacional.
Cuando una gran empresa exporta, México aparece en las estadísticas. Cuando una pequeña empresa se integra como proveedora, México se fortalece desde adentro.
La concentración del beneficio
El TLCAN generó una economía más abierta, pero no necesariamente más capilar. La riqueza de la integración se concentró en ciertos sectores, regiones y empresas. Eso explica por qué el tratado puede ser defendido con datos y criticado con experiencias.
Los defensores muestran exportaciones, inversión, empleos manufactureros y sofisticación industrial. Tienen razón. Los críticos muestran salarios insuficientes, rezago regional, pequeñas empresas desplazadas y dependencia. También tienen razón.
La madurez está en sostener ambas verdades al mismo tiempo. México no debe renunciar a la integración norteamericana. Sería un error económico y estratégico. Pero tampoco puede defenderla como si no hubiera dejado deudas. El país necesita una segunda etapa de integración: menos concentrada, más nacional, más territorial, más vinculada a proveedores locales y más exigente con el trabajo digno.
La pregunta para el T-MEC no debería ser solo cómo conservar el mercado estadounidense. Debería ser cómo hacer que ese acceso se traduzca en capacidades mexicanas más profundas.
El sur no necesita compasión: necesita estrategia
Hablar del sur como rezago permanente es una forma cómoda de rendirse. El sur no necesita lástima. Necesita infraestructura, seguridad, conectividad, energía, puertos, trenes funcionales, educación técnica, acceso a crédito, apoyo a productores, formalización inteligente y proyectos productivos que respeten su vocación territorial.
No todas las regiones tienen que copiar el modelo del Bajío o de la frontera. El sur tiene potencial agroindustrial, turístico, energético, logístico, forestal, cultural y de manufactura ligera. Pero ese potencial requiere instituciones serias, inversión paciente y una política pública que no cambie cada sexenio.
El error sería pensar que el mercado, por sí solo, va a corregir tres décadas de desigualdad territorial. No lo hará. La integración debe ser acompañada. Eso significa que el Estado, las empresas, las universidades y las comunidades locales tienen que trabajar con una visión más larga que el aplauso inmediato. El desarrollo regional no se decreta. Se construye.
Y se construye desde una convicción básica: ningún territorio debería estar condenado a mirar el progreso desde la orilla.
La responsabilidad de las empresas tractoras
Las grandes exportadoras también tienen una responsabilidad. No basta con instalarse, contratar y cumplir lo mínimo. Si una empresa se beneficia de México —de su ubicación, su gente, sus tratados, su infraestructura y su estabilidad— también debería contribuir a fortalecer el ecosistema donde opera.
Eso implica desarrollar proveedores locales, pagar puntualmente, transferir capacidades, exigir calidad sin destruir márgenes, acompañar certificaciones, respetar derechos laborales y participar en la formación técnica de jóvenes.
Una empresa grande puede ser una isla o puede ser una locomotora. Si es isla, exporta mucho pero deja poco. Si es locomotora, arrastra proveedores, talento, innovación y comunidad. México necesita más locomotoras.
Lo que los jóvenes deberían ver en este debate
Para los jóvenes, el TLCAN puede sonar a historia vieja. Un tratado firmado antes de que muchos nacieran. Pero su vida cotidiana está llena de sus consecuencias: empleos en plantas, carreras técnicas, inglés laboral, ciudades industriales, dependencia del dólar, exportaciones, camionetas en carretera, inversiones que llegan o se van, discusiones sobre aranceles y oportunidades de nearshoring.
El debate no es arqueología económica. Es futuro laboral. Un joven de 22 años en Querétaro puede estudiar mecatrónica porque existe un ecosistema industrial que lo demanda. Una joven en Tijuana puede trabajar en dispositivos médicos porque la frontera se volvió plataforma exportadora. Pero un joven en la montaña de Guerrero puede seguir sin opciones comparables. Esa diferencia no es natural. Es resultado de decisiones públicas, inversiones privadas y prioridades nacionales.
La integración regional debe evaluarse desde ahí: no solo por lo que produce, sino por las oportunidades que abre o cierra para la siguiente generación.
El éxito que necesita corregirse
El TLCAN fue exitoso en lo que prometía de manera más visible: ampliar comercio, atraer inversión, integrar manufacturas y posicionar a México dentro de América del Norte. Pero fue insuficiente en lo que México necesitaba con más urgencia: distribuir mejor las oportunidades.
Norte y centro avanzaron más que el sur. Las grandes exportadoras ganaron más que las pequeñas empresas. Los trabajadores más educados y cercanos a los corredores industriales tuvieron mejores posibilidades que los menos calificados y alejados de la frontera. La integración fue real, pero desigual.
Por eso el relato del éxito total no alcanza. No porque sea falso, sino porque está incompleto. La tarea de México no es abandonar el T-MEC ni rechazar la integración. La tarea es hacerla más profunda y más justa. Eso exige desarrollar proveedores nacionales, conectar a las pymes, elevar salarios, fortalecer infraestructura en regiones rezagadas, formar talento técnico y poner la legalidad al centro.
El verdadero triunfo no será exportar más. Será lograr que más mexicanos puedan participar en aquello que México exporta. El TLCAN abrió la puerta de Norteamérica. Ahora México tiene que abrir la puerta interna que todavía mantiene fuera a demasiadas empresas, demasiadas regiones y demasiadas familias.