El Proyecto TMEC no encalla, pero hace agua

Diario Red | 26 de Enero, 2026

El Proyecto TMEC no encalla, pero hace agua

Por Mario Campa

Tras un discurso audaz en Davos, el mundo entero clava la mirada en Canadá ante la posibilidad de que el primer ministro Mark Carney trague sus palabras o bien doble la apuesta. En un acto sin precedentes en una historia bilateral de complicidades, Ottawa marcó distancias con Washington días después de una inesperada visita a Pekín que reta a Norteamérica como proyecto. En particular, la entrada de automóviles chinos a bajo arancel desafiaría el acuerdo de Trudeau y Biden de hacer un frente proteccionista unido. En un principio, Trump avaló el cambio de rumbo: “Es bueno que (Carney) firme un acuerdo comercial. Si puede llegar a un acuerdo con China, debería hacerlo”. Pero la mañana del sábado 24, la Casa Blanca giró en U: “Si el gobernador Carney cree que va a convertir a Canadá en un puerto de descarga para que China envíe bienes y productos a Estados Unidos, está muy equivocado. China se comerá a Canadá, lo devorará por completo, lo que incluye la destrucción de sus negocios, su tejido social y su estilo de vida en general”, publicó Trump en Truth Social.

La rispidez en la relación entre Estados Unidos y Canadá no amainó desde el relevo de Carney al Trudeau de los bandazos. El buen arranque se enfrió tras las amenazas de Trump de imponer nuevas tarifas a los productos canadienses, incluidos aranceles del 10 por ciento, después de que Ontario propagara un discurso de Ronald Reagan contra el proteccionismo. En Davos, Carney aprovechó la tribuna para denunciar los abusos del hegemón, advirtiendo que las superpotencias han estado usando “la integración económica como armas”, “los aranceles como palanca” y “las cadenas de suministro como vulnerabilidades para ser explotadas”. En respuesta, Trump retomó la ofensiva: “Lo último que necesita el mundo es que China se apodere de Canadá. ¡Eso NO va a suceder, ni siquiera va a suceder!", publicó el sábado 24 de enero.

Trump desató su furia más reciente por el flirteo trasgresor con la otra superpotencia. Una semana antes, Canadá acordó con China una cuota de hasta 49 mil vehículos eléctricos importados a una tasa arancelaria de solo 6.1 por ciento desde el 100 por ciento impuesto en 2024 por Trudeau a presión de Biden. El pacto contempla la formación de empresas conjuntas para la llegada de ensambladoras chinas a territorio canadiense, una línea roja que Washington pintó a México con BYD, Chery y otras marcas que cancelaron planes de inversión. Del otro lado de la moneda, China acordó reanudar la compra de carne y producto del mar canadiense, admitir visitantes sin visa —muchos de origen chino—, reducir el arancel a la importación del aceite de canola de 84 por ciento a 15 por ciento, y aumentar las compras de gas natural licuado. Con estos intercambios y lo que Carney llamó una “alianza estratégica”, Canadá fijó la meta de aumentar un 50 por ciento sus exportaciones a China en solo 5 años. Tras el anuncio, más de uno pidió mimetizar a Canadá sin reparar en su “relación especial”.

El problema es que México y Canadá son pares dispares. Ciertamente, ambas “potencias medias” están hermanadas por una dependencia exportadora a Estados Unidos, con entre 7 y 8 dólares de cada 10 vendidos al exterior dirigidos al gigante. Pero en el fondo subyacen distancias insuperables. Por un lado, las dos naciones desarrolladas comparten cierta historia común donde destacan alianzas de larga data, lo cual eleva el rencor en la faz de una traición como la propinada por Trump. Por otro, Canadá como miembro la OTAN sería respaldada en caso de una agresión mayor; México, en cambio, sería abandonado a su propia suerte. Como tercer factor de peso, Canadá es una potencia energética, agrícola y minera, lo cual se traduce en que mientras Canadá tiene un déficit comercial de 3 dólares importados por cada uno que exporta a China, México tiene un desbalance equivalente de 15 a 1. Como cuarta, Canadá tiene cerca de 2 millones de inmigrantes de origen chino, mientras que decenas de millones de mexicanos residen en Estados Unidos, haciendo de la migración un ineludible asunto de política interna. Por último, y no menos importante, Carney carece de mayoría para controlar votos de confianza y comisiones legislativas clave; una ola nacionalista podría ganar para los liberales uno o dos conservadores tránsfugas para asegurar una mayoría o incluso detonar una favorable elección sorpresa.

A diferencia de Canadá, galvanizada por el nacionalismo y dotada de mejores cartas de negociación, México optó por una estrategia de apaciguamiento y concesiones. En una entrevista reciente para La Jornada, el secretario de Economía Marcelo Ebrard confirmó la prioridad del gobierno mexicano: “El primer reto ante una ola de nacionalismo económico tan fuerte es que sobreviva la esencia del tratado de libre comercio, que es la integración de los dos países”. En la coyuntura ríspida, el choque de Trump con Carney es un arma traicionera: por un lado, podría romper el bloque si Canadá mantiene su firmeza; por otro, elevaría el atractivo de México como socio comercial de Estados Unidos sin eliminar la dependencia asfixiante. Como matiz, llevar la encrucijada a la elección intermedia de noviembre premiaría si el cálculo es negociar con un Trump debilitado, a saber, una mera hipótesis en desarrollo.

Con las economías de Canadá y México enfriadas por la incertidumbre comercial, la divergencia de caminos estará a prueba. Sea de forma involuntaria o coordinada, Canadá como policía malo y México de policía bueno es una apuesta arriesgada. Si Canadá termina doblándose, el TMEC —con riesgos crecientes— podría sobrevivir, pero habrá dejado como terrible precedente que los vecinos de Estados Unidos son menos soberanos de lo que se piensan. Ser hoy presa fácil de Washington sería costoso mañana. Menudo peso histórico cargan en hombros los negociadores.


  Source: Diario Red