Heraldo de México | 19 de Mayo, 2026
Revisión del T-MEC: ¿integración comercial? ¿cooperación subordinada?
Por Isidro Morales
Con Trump, el modelo mexicano de integración ha llegado a un punto de inflexión donde su supervivencia ya no depende únicamente del andamiaje institucional derivado de lo que fue el TLCAN y ahora el T-MEC
México ancló en el TLCAN y, posteriormente en el T-MEC, la hoja de ruta de una progresiva liberalización en materia de inversiones y comercio que culminó con la reforma energética de 2013-2014 que puso fin al monopolio energético del Estado y cuyas disposiciones fundamentales quedaron garantizadas en varios capítulos que conforman hoy el T-MEC.
El “matrimonio de conveniencia” pactado con Estados Unidos logró sin duda atraer, a lo largo de más de 30 años, flujos de inversión extranjera que estimularon el comercio de manufacturas que han hecho del país una de las economías más abiertas del mundo y el principal socio comercial de los Estados Unidos, sobre todo en materia automotriz. Sin embargo, el modelo manufacturero-exportador mexicano no se ha traducido en las tasas de crecimiento esperadas al iniciar el TLCAN, ni en incrementos en la productividad laboral y total del país, debido en parte a que faltó una política industrial, educativa, fiscal y de innovación científica que hubiera capitalizado el potencial de la integración manufacturera con Estados Unidos.
Con Trump, el modelo mexicano de integración ha llegado a un punto de inflexión donde su supervivencia ya no depende únicamente del andamiaje institucional derivado de lo que fue el TLCAN y ahora el T-MEC, sino más bien de una suerte de subordinación estratégica a la securitización tecnológica y comercial que experimenta hoy, Estados Unidos desde la primera administración Trump y que se ha hecho más agresiva con su regreso.
El fin de la narrativa neoliberal en Washington se ha caracterizado por el surgimiento de un neomercantilismo ultranacionalista que apuesta ahora a la reindustrialización de la economía estadounidense en sectores tradicionales como el automotriz y sus industrias relacionadas, y en sectores de avanzada como en la computación, la electrónica y los microprocesadores. Trump ha eliminado los términos bajo los cuales el matrimonio de conveniencia se instituyó y ha hecho de la política comercial, migratoria y de seguridad instrumentos de presión y coerción para seguir moldeando las políticas públicas de sus socios, pero sobre todo las de México y algunos países latinoamericanos. Los regímenes comerciales que incorporaban poder blando para ajustar las políticas mexicanas a los intereses de Washington, como el TLCAN o el T-MEC, han entrado en crisis para dar paso a una coyuntura, o quizás a una nueva era, en donde la asimetría de poder, la instrumentalización de la integración y hasta el uso de la fuerza directa —intervenciones militares o encubiertas para aprehender o eliminar narcotraficantes, considerados ahora como “terroristas” — serán cada vez más utilizados para subordinar las políticas mexicanas a los intereses de Washington.
Esto explica las concesiones que México ha hecho desde el sexenio anterior y hasta el presente, en materia migratoria, comercial -normalizar los aranceles que afectan al sector automotriz y otros sectores- y, ya no se diga, de narcotráfico. Además, la incorporación de insumos chinos en las exportaciones hacia Estados Unidos ha colocado también a México en el centro de una disputa geopolítica de la que por ahora ha decidido plegarse del lado estadounidense. Así, la "continentalización" de la producción, que antes se regía por criterios de costo, competitividad y ventajas de ubicación, ahora se verá fragmentada por las exigencias de Washington de desacoplarse de la economía china por razones geopolíticas. Esto sin duda provocará disrupciones en las industrias manufactureros altamente continentalizadas de Norteamérica, como la automotriz, la eléctrica y electrónica, entre otras.
Resulta paradójico, por consiguiente, que en el momento en que el modelo manufacturero-exportador se ha vuelto más oneroso para el país de sostener en términos económicos y geopolíticos, resulte más estratégico mantenerlo, ya que de su continuidad dependerá el éxito de la nueva política industrial que el gobierno de Sheinbaum quiere detonar y que apuesta justo a la relocalización cercana para seguir abasteciendo al mercado estadounidense.
Es por ello que, al menos en el corto y mediano plazos, habrá pocas opciones para modificar la estrategia de cooperación subordinada. Ante semejante paradoja, resulta, sin embargo, urgente que el país diseñe políticas públicas cuyo objetivo sea justo reducir las vulnerabilidades intrínsecas del modelo, por lo que se requiere alinear la política industrial, comercial, financiera, educativa, fiscal, de innovación tecnológica, combate a la corrupción y al narcotráfico, con el fin de fortalecer la resiliencia del país y de su autonomía estratégica. Esto es parte del diagnóstico y de las propuestas que sugiere un grupo de expertos de diferentes disciplinas y perfiles profesionales, agrupados en México y el Mundo, del cual este autor es miembro, en un documento que acaba de ser publicado por la revista digital Este País (Véase: “Hoja de Ruta Estratégica ante los desafíos de la política exterior mexicana en 2026”).
Una de las consecuencias que se desprende de dicho documento, es que, mientras la paradoja del modelo exportador se mantenga, Washington tendrá incentivos para mantener revisiones anuales del T-MEC, en las cuales irá decantando nuevas exigencias y ajustes que el gobierno mexicano tendrá que hacer para seguir alineando sus políticas a los intereses coyunturales y estratégicos de Washington. Este es el escenario que tendremos para la revisión conjunta del T-MEC en julio próximo, y que se mantendrá al menos hasta el final de la administración Trump o cuando las políticas de resiliencia y autonomía estratégica que adopte México en el presente empiecen a dar sus frutos.